Driving the Cuban Way

Los coches cubanos producen unas sensaciones muy extrañas. Al igual que los edificios, son hermosos y trágicos a la vez. Es como si estuviesen congelados en el tiempo. John Arlidge nos describe un inolvidable paseo en coche por Cuba.

John Arlidge

A John Arlidge le gustan los coches, aunque el dinero le gusta aún más. John escribe sobre estos dos temas para el Sunday Times, el Times y la revista Wallpaper* en Londres, así como para Conde Nast en Nueva York. Fue nominado y reconocido como editorialista en los premios British Press Awards de 2009, 2010, 2011 y 2012 y como escritor de economía del año en 2013. Actualmente vive en el oeste de Londres con su mujer Stephanie Flanders, anterior jefa de Economía de la BBC y actual jefa de Estrategia de mercado en J P Morgan Asset Management (Europa), su hijo y su hija.

Hay algo que falta en la villa de Ernest Hemingway de las afueras de La Habana. En la casa que es ahora un museo de toda su vida, pueden encontrarse libros, camisas, pantalones, botellas de ron, frascos llenos de los bichos autóctonos que solía coleccionar, así como las notas garabateadas en las paredes del cuarto de baño que detallan los alimentos y medicamentos que el escritor consumía, ya que era un hipocondriaco empedernido. En la villa, hasta podemos encontrar en dique seco, junto a su piscina, el barco de pesca con el que capturó su pez espada. Pero su coche, su querido Chrysler New Yorker descapotable de 1955 no está por ningún lado.

Por eso me decidí a preguntarle a Ada Rosa Alfonso Rosales, directora del museo, dónde estaba. “Tendré que preguntarle a David Soul”, me respondió. “¿Al actor David Soul?”, le pregunté. “Sí”, me respondió mientras marcaba los números 00 1 44 208... en su viejo teléfono. (Soul vive en Highgate, en el norte de Londres). El actor ha financiado un proyecto para encontrar y restaurar el viejo descapotable. Cuando Rosales me dio el teléfono para hablar personalmente con el actor que encarnó el personaje de “Hutch”, pude oír por mí mismo cuáles eran sus motivos: “...porque me gusta Hemingway, me gustan los coches y me gusta Cuba”. “¿Puedo verlo?”, pregunté. “Sí... Siempre y cuando no le digas a nadie dónde está.”, me respondió. “No queremos que nadie sepa dónde se encuentra hasta que lo hayamos restaurado y esté listo para mostrarlo en el museo”.

Así es como acabé de pie, rodeado de cabras y gallinas, en un pequeño patio al final de un camino entre dos casas, en el distrito de San Francisco de Paula que está a escasos cinco minutos de La Habana, como un pasmarote contemplando el coche de Hemingway. No es que hubiera mucho que contemplar. Estaba en un estado lamentable desde el chasis hasta las últimas soldaduras. Al mecánico local contratado por Soul le llevará años restaurarlo por completo.

Los coches cubanos producen unas sensaciones muy extrañas. Al igual que los edificios, los coches son hermosos y trágicos a la vez. Es como si se hubiesen congelado en el tiempo sin sufrir cambios desde la gloriosa revolución/ocupación comunista.* (*Elíjase la opción preferida según las ideas políticas de cada cual.) Al igual que los edificios, los coches están empezando a cambiar a medida que se relaja el embargo comercial de EE. UU. a la isla y los hermanos Castro, que dirigen el estado socialista, comienzan a coquetear con un capitalismo “light” para ayudar a sanear la maltrecha economía de la nación. La historia de Cuba se puede contar por sus coches: son el reflejo de su pasado, su presente y, ahora, su futuro.

Lo que sí funcionaba, por decirlo de alguna manera, era la linterna montada en el respaldo del asiento del acompañante conectada al encendedor de cigarrillos.

A través de las ventanas del Lada que conduje desde el centro de La Habana de camino a la villa de Hemingway, tuve la oportunidad de disfrutar de una vista panorámica de la historia del país en la que cada capítulo se representaba con un coche específico: un Chevrolet Impala de 1952, un Pontiac de 1956 en verde claro con una rejilla personalizada, un Packard amarillo, un Desoto de 1956, un Oldsmobile descapotable de 1952 y un reluciente Cadillac Continental. Puede que el dictador Fulgencio Batista cayese ante Fidel Castro y sus hombres marxistas allá por 1959; pero los coches de la época todavía siguen en pie.

Cuando Castro se hizo con el poder en 1959, de repente comenzaron a llegar nuevos coches al país. De hecho, pude circular con mi Lada junto a varios Moskvichs y Volgas rusos de los 60, aunque también vi algunos Polskis, la versión polaca antigua de los Fiat. Todas estas reliquias del antiguo bloque del este funcionaban con una tóxica mezcla de combustibles fósiles cuyos gases se expulsaban dejando un terrible olor a pobreza. Incluso se podían apreciar trazas de dinosaurios en el escape.

Tras observar detenidamente la calle, me di cuenta de que entre los baches, los gatos callejeros y las mujeres cotilleando detrás de sus cigarrillos, empezaban a aparecer los primeros coches modernos producto de la paulatina apertura de la economía local. En primer lugar, estaban los Geelys, Cherys, Seaic Wulings, Zhongxings y Great Walls fabricados en China. Se nota que los comunistas van todos a una. Sin embargo, más tarde, en ese mismo día, pude ver cómo el odiado occidente imperialista entraba en escena al doblar una esquina: ¡Un Audi A4! ¡Un BMW Serie 5! Incluso corría el rumor de que alguien, nadie sabe quién o simplemente prefieren no decirlo, tenía un Bentley Continental. Si el Che levantara cabeza...

Otro dato importante es que los coches volvían a estar a la venta. Durante años, el estado había controlado este mercado reservando este bien a oficiales veteranos del partido, militares, académicos marxistas y viajeros. El primer día de mi estancia en La Habana, decidí intentar comprar uno para, de este modo, poner mi granito de arena para el renacimiento de la economía cubana.

En la Plaza de Armas me encontré con Yojan Díaz. Tiene 48 años, pero parece mucho más viejo. Sus manos estaban tan arrugadas como las hojas secas de tabaco. De repente, sacó de su bolsillo un cuaderno de ejercicios escolares mostrándome una fotografía de algo que solo podría describirse como el “Frankenstein de los coches”. Estaba aparcado cerca, así que me decidí a echarle un vistazo.

El chasis era el de un Austin Healey Sprite de los 60. Montaba el motor de un Lada Riva de 2000 centímetros cúbicos. El parabrisas y las ventanas eran de un Opel. Los frenos, de un viejo Audi Quattro y los asientos se habían rescatado de un TT. La transmisión era SEAT, los instrumentos Daewoo y el volante era un Sparco falso que estaba conectado a la columna de dirección de un autobús. Los neumáticos “...son japoneses. No sé de dónde.”, me indicó Díaz. Las aletas eran las de un Lada y la insignia que estaba sobre el capó era, cómo no, la de un Ferrari (falsa).

Lo que más me gustó fueron las luces. Para vuestra información, eran las de un Chevrolet. No funcionaban, como era de esperar. Lo que sí funcionaba, por decirlo de alguna manera, era la linterna montada en el respaldo del asiento del acompañante conectada al encendedor de cigarrillos. “Hay muchos coches así en Cuba”, me explicó Díaz como disculpándose. “Tras la revolución, se acabaron los recambios. No teníamos dinero para importaciones, por lo que tuvimos que apañarnos con lo que había”.

¿Puedo probar el Austin-Healey-Lada-SEAT-Audi-Chevrolet-Daewoo-Ferrari? “Tiene truco”, apuntó Díaz. Olvidó mencionar el detalle de que era tremendamente peligroso. Tras la caída de la Unión Soviética en los 90, la economía cubana se hundió. El combustible se volvió tan escaso que los motoristas no tenían combustible en el depósito de sus coches; por un lado porque no podían permitirse llenarlo y por otro porque tenían miedo de que los ladrones lo robaran del depósito. Lo que hacían, era utilizar pequeñas botellas de plástico llenas de combustible que colgaban del retrovisor con un tubo rudimentario conectado al motor. El coche que tenía Díaz para venderme todavía utilizaba este particular sistema de alimentación de combustible.

Una vez aceptada la idea de ir conduciendo con un cóctel Molotov en el habitáculo, nos dispusimos a salir de la Plaza de Armas para ir a probar el coche. El control era, literalmente, inexistente. Lo único que había eran movimientos bruscos e impredecibles. La transmisión se doblaba y se tambalea hacia un lado, mientras que el chasis daba bandazos justo en el lado contrario. Eso, solo en las rectas. Al doblar las esquinas de las calles, parecía como si el palier fuera a salirse del chasis y dejarnos pedaleando como los cavernícolas de los “Los Autos Locos”. El escape sonaba como si eructáramos en el interior de un barril de ron vacío. No se podía negar que era cubano al cien por cien.

“¡Al fin llegamos a la autopista!”, indicó Díaz al salir de La Habana y entrar en la vía principal que llevaba al complejo de Varadero, un reducto de arena blanca y lleno de occidentales blancos que consumían mojitos de ron blanco.

Esta autopista era todo un símbolo de libertad para el país. Porque en Cuba hay libertad, ¿verdad? Lo que sí se puede decir de esta autopista es que estaba libre de todas las frustraciones típicas de las autopistas de los países capitalistas. Libre porque no tenía mediana, peajes, límites de velocidad, trampas de velocidad, policías, marcas viales, señales de tráfico o iluminación. Sin contar el destartalado tractor que nos encontramos, por no tener, la autopista no tenía ni siquiera otros coches que la transitaran.

Como todo esto me hizo sentir tan increíblemente libre, decidí acelerar hasta la velocidad de vértigo de 65 km/h para disfrutar de mi paseo bajo las nubes caribeñas haciendo caso omiso a los desesperados autoestopistas. Todo iba de maravilla hasta que nos detuvimos. No paramos a propósito ni porque tuviéramos que hacerlo. Simplemente paramos frente a una vieja valla publicitaria del partido comunista que nos recordaba que el capitalismo “humilla y degrada la dignidad humana”. Olvidamos prestar atención a la botella de combustible.

“¿Dónde está la gasolinera más próxima?”, pregunté. Díaz me respondió: “No necesitamos ninguna gasolinera. Sígueme”. Díaz desenganchó la botella del retrovisor y se adentró entre los arbustos. Hacía tanto calor que tuve la sensación de que se me iba a freír la cabeza. Les prometo que me sudaban hasta las pantorrillas. Por suerte, encontramos un pueblo no muy lejos.

“¿Gasolina?” preguntó Díaz a un viejo granjero cuyo rostro estaba envejecido y gastado por los años de duro trabajo en los campos de tabaco. “¿Cuánta?” respondió, como si esa fuera la primera pregunta que cualquiera esperaría en respuesta por estos lares. Lo mejor de todo es que era así.

Al igual que a nosotros, a los cubanos no les gusta pagar por el combustible, así que lo roban. Normalmente lo toman de los depósitos de los camiones y autobuses propiedad del estado. Luego lo venden a gente como Díaz o como yo a 6 pesos el litro. Nada mal en comparación el precio de 28 pesos por litro de la gasolinera. De nuevo en la carretera y con unos pesos menos en el bolsillo, volvimos a La Habana. Esta vez pasamos por el Malecón, la cornisa de la ciudad que Fangio recorrió durante el Gran Premio de La Habana en 1958 antes de ser secuestrado por los rebeldes que, finalmente, derrocaron a Batista un año más tarde.

“¿Cuánto cuesta?”, le pregunté a Díaz mientras llegábamos a la elegante y a la vez decadente Plaza de Armas. “25 000 dólares”, respondió. Para ser Cuba, probablemente fuera un buen precio. Los coches son tan escasos que algunos cuestan más que las casas. Pero era demasiado para mí. Decliné la oferta y volví al hotel a bordo de mi Lada.

Llevo casi cuarenta años conduciendo. Me he sentado al volante de más coches de los que puedo recordar. De la mayoría de ellos ni me acuerdo. Sin embargo, nunca olvidaré aquel día de verano en Cuba en el que disfruté de un paseo impredecible, y a la vez encantador, a bordo de aquella antigualla. Además, si alguna vez cambio de opinión y decido comprar aquel Austin-Healey-Lada-SEAT-Audi-Chevrolet-Daewoo-Ferrari, estoy seguro de que me lo encontraré vivo y coleando la próxima vez que visite el país con los coches más raros del mundo. Ese es el estilo cubano.

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