The Galway Bog That Changed The World Not Once, But Twice

Charlie Connelly vaga entre las ovejas en la rural Connemara para encontrar el campo que en una época estuvo a la vanguardia de las comunicaciones transatlánticas.

Charlie Connelly

Autor de best sellers, locutor ganador de premios, tres veces ganador del "Libro de la Semana" de Radio 4 y ha participado en un dueto en vivo en la televisión nacional de Uzbekistán con la máxima estrella del pop del país.

@charlieconnelly


charlieconnelly.com


Publicado el 15 de octubre de 2013

De todas las atracciones de Galway, la que recuerdo más vívidamente fue una vieja pared sin cuerpo que permaneció conmigo mientras conducía hacia las montañas y los lagos de Connemara. Escondida en un callejón estrecho en el corazón de la ciudad, hay una antigua pared de roca gris que está ahí sola como un pedazo olvidado de escenografía teatral. Por encima de la puerta arqueada de ladrillo, hay un marco de ventana de piedra sin vidrio a través del cual podía ver la luna cuando me encontraba debajo de él en mi visita nocturna. No es un lugar histórico famoso ni una obra de arquitectura atractiva, pero lo fascinante es la historia que hay detrás.

A finales del siglo XV, el Alcalde de Galway era James Lynch, cuyo hijo, Walter, era un hombre popular en el pueblo. Walter había perdido su corazón a manos de una belleza local llamada Agnes, pero un apuesto encantador de España intentó atraer a la bella Agnes. Walter ideó una discusión que terminó con un español muerto. Cuando su hijo confesó el asesinato, James Lynch, como magistrado del pueblo, sintió que no tenía alternativa más que ignorar las súplicas locales de indulgencia y dar la sentencia de muerta a su propia familia.

Una gran multitud se reunió en la horca decidida a evitar la desaparición temprana de Walter. En lugar de ello, Lynch llevó a su hijo a una ventana más arriba en la casa de la familia, le ató una soga al cuello, fijó el otro extremo a una barra de metal y lo empujó hacia afuera. Me quedé viendo la luna a través de la que se dice que fue la misma ventana por la que Walter pateó, manoteó y se asfixió en sus últimos momentos. La multitud engañada en la horca nos dejó el término "linchamiento", aunque la reunión original fue para evitar un ejecución y no para realizarla.

DESCUBRIENDO LAS RAÍCES DE LA REVOLUCIÓN INALÁMBRICA DE MARCONI

"Asentada entre el Atlántico y las montañas, el terreno sombrío pero hermoso de Connemara ha conservado una otredad que tiene su origen en el aislamiento."

Mientras salgo de la ciudad a la mañana siguiente en la carretera N59 Clifden hacia Connemara, pienso en cómo la historia encarna esta parte de Irlanda y mucho de lo que me espera; una mitología subversiva con base en datos y eventos locales que tienen un legado inmortal.

El recorrido hacia el oeste desde Galway es uno de los mejores de Irlanda. Asentada entre el Atlántico y las montañas, el terreno sombríamente hermoso de Connemara ha conservado una otredad que tiene su origen en el aislamiento. La mayor parte de Connemara es Gaeltacht, una región donde se habla gaélico, idioma que se habla hermosamente aquí. Sube y baja como el paisaje mismo y es tan cadencioso como el murmullo de las cascadas y los ríos.

La transición de la vibrante ciudad al aislamiento es repentina y tranquiliza de inmediato. Me detengo más de una vez para apagar el motor y apreciar el paisaje y el silencio. Tras una pausada hora y media, llego a Clifden, el pueblo principal de Connemara. Una combinación de dulces tiendas de regalos y atrayentes tabernas al lado derecho de una trampa para turistas. Clifden probablemente vale la pena un paso de una hora, pero no hago este viaje para explorar pueblos. Como sea, hay un lugar que quiero ver: una zona pantanosa oscura justo al sur del pueblo que cambió el mundo no una, sino dos veces.

Muchos lugares presumen haber cambiado el mundo. Algunas de esas aseveraciones son dudosas, cuando más, pero cuando me cambio de la carretera a un caminito y dejo el vehículo en una reja cerrada con un letrero pintado que dice "NO QUADS", me dirijo a un lugar que realmente se merece el epíteto.

"El pantano de Derrygimlagh puede parecer el fin del mundo, un agua estancada turbulenta geológicamente y pantanosa en la que ovejas con la cara negra observan cada movimiento que hago, pero su legado es extraordinario."

El pantano de Derrygimlagh puede parecer el fin del mundo, un agua estancada turbulenta geológicamente y pantanosa en la que ovejas con la cara negra observan cada movimiento que hago. Pero su legado es extraordinario. Esta zona de suelo con matas de hierba y salpicada de charcos fue sede de las primeras comunicaciones comerciales transatlánticas y el aterrizaje del primer vuelo sin escalas de un lado a otro del Atlántico.

A dos minutos del vehículo, me encuentro entre algunas ovejas lúgubres en una zona plana de concreto viejo que claramente es el cimiento de un antiguo edificio. Si hubiera estado ahí un siglo antes, me habría encontrado en el ajetreado centro de la tecnología global de vanguardia. En una época hubo enormes edificios y una línea de ferrocarril aquí, así como un flujo constante de ingenieros, científicos y estenógrafos. Después del anochecer, a millas de distancia, la gente podía ver extrañas luces en el cielo y escuchar ruidos que perturbaban la noche. Ahora todo eso ya se fue y estoy parado en todo lo que queda del lugar donde se intercambiaron los primeros mensajes comerciales inalámbricos transatlánticos, gracias a Guglielmo Marconi.

In 1905, Marconi, half-Irish and a direct descendent of John Jameson of whiskey fame, arrived in Ireland looking to En 1905, Marconi, mitad irlandés y descendiente directo de John Jameson, famoso por el whiskey, llegó a Irlanda buscando construir una estación de telégrafos que se necesitaba para intercambiar mensajes directos entre Europa y América del Norte. Parecía que Derrygimlagh era el lugar perfecto. Cuando se terminó la construcción en 1907, se envió el primer mensaje telegráfico transatlántico a través del aire a Cabo Bretón el 17 de octubre. La estación de telégrafo tuvo que verse como la cosa más fantástica del mundo. Tenía ocho mástiles de más de 61 metros de altura y cables que se extendían media milla a través del pantano. Las seis altas chimeneas soltaban humo e incluso había un estrecho ferrocarril en el que iban y venían locomotoras de vapor.

En un día gris y con viento del siglo XXI, es difícil imaginar la industria que estaba llevando a cabo mientras estoy parado aquí quitando el grueso pasto de los pedazos de concreto. Todo lo que queda del complejo es lo que se quemó en 1922 durante la Guerra de Independencia de Irlanda. MIro hacia el obelisco blanco de piedra, a cien yardas de distancia, y pienso sobre el segundo evento que cambió el mundo y que sucedió en este pedazo de tierra.

UN VUELO TRANSATLÁNTICO EN LOS LIBROS DE HISTORIA

En la mañana del domingo 15 de junio de 1919, un ruido distante y extraño se oyó proveniente de Derrygimlagh en el cielo del Atlántico. Se hizo más fuerte hasta convertirse en el rugir de un motor y de la niebla apareció un biplano como los que aparecen en las películas. Giró, se ladeó y realizó un aterrizaje francamente muy poco elegante con un golpe que dejó a la aeronave con la nariz en el fango y la cola al aire. Un par de operadores del telégrafo de Marconi corrieron hacia el lugar, de la cual saltaron dos hombres y caminaron hacia ellos. El más grande de los hombres dijo: "Soy Alcock, acabo de llegar de Terranova". Su colega, el Teniente Brown, agregó, "Así es como se vuela por el Atlántico". Alcock y Brown habían metido su avión, con la nariz por delante, a los libros de historia. En el espacio de casi una década, esta parte anónima de pantano de Connemara había acercado a Europa y América del Norte como si los dos continentes se hubieran juntado a través del Atlántico.

DEL CIELO AL SKY ROAD

Después del anochecer, a millas de distancia, la gente podía ver extrañas luces en el cielo y escuchar ruidos que perturbaban la noche..

Un poco abrumado por la enormidad de este legado tecnológico, busco alivio conduciendo de regreso por Clifden y tomando el famoso Sky Road, que va alrededor de la península durante ocho excitantes millas por encima del Atlántico. Después del cielo gris que se deslizaba por Derrygimlagh, salió el sol para pintar las olas estriadas de un color azul profundo hasta el horizonte. Desde ahí, regresé a la N59, pasando por las torrecillas y almenas dignas de aparecer en una postal de la abadía de Kylemore, alrededor del muelle de Killary y al norte hacia el condado de Mayo.

Ahora, el Delphi Lodge es un lugar tan pacífico y hermoso, que es difícil imaginar que ahí sucedieran esas tragedias. En el extremo de un lago vigilado por un trío de montañas vecinas, y popular entre los pescadores de salmón, el hotel se siente deliciosamente alejado del mundo: no hay señal de teléfono ni televisión. Todos comen juntos en una gran mesa y quien atrape al pez más grande ese día se gana el derecho de sentarse en la cabecera. Esa persona no fui yo, apenas puedo atrapar un pez dorado en una feria, ya no digamos luchar con un salmón en el mar con una caña y un hilo.

Vigorizado por la paz y la soledad de Delphi, me dirijo al norte nuevamente al día siguiente por la R335 a Louisburgh, a una hora en vehículo, durante la cual no veo ni un alma. Estamos solos yo, las montañas y los lagos. Al dirigirme al este, bordeo la costa sur de la bahía de Clew y paso por Croagh Patrick, la montaña de peregrinaje por la que suben miles de devotos a través de sus pendientes rocosas. Algunos no llevan zapatos, en su devoción por el santo patrono de Irlanda.

Me estaciono en Westport, vencedor regular en la competencia anual y sorpresivamente popular en Irlanda, Tidy Towns, y también el punto que ha sido elegido como el mejor lugar para vivir en Irlanda en una encuesta nacional reciente. Una vez terminado el viaje, esa tarde me dirijo a la taberna de Matt Molloy sintiéndome calmado y refrescado. Molloy es el flautista de una de las exportaciones musicales más duraderas de Irlanda, The Chieftans, lo que significa que las tradicionales sesiones de música que se dan cada noche son de la más alta calidad.

Una sesión está en su pleno apogeo cuando llego y, tras un rato, le pregunto a uno de los violinistas si conoce la ventana de Lynch. No sé si incluso hay una canción llamada La Ventana de Lynch, luego me entero de que no la hay, pero asiente con la cabeza y comienza un baile en el que todos los demás músicos lo siguen. A medida que aumenta el ritmo de la música, brindo por el pobre Walter. Me parece que me habría gustado este lugar.

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