Fumar con una leyenda siciliana

Una aventura un poco equivocada hacia un volcán en erupción.

Dave Lee

Dave Lee es un productor de TV, crítico de restaurantes y escritor de viajes para el periódico Yorkshire Post, ubicado en el este de Yorkshire.

O tal vez un tipo específico de estupidez. Cualquiera cosa es buena. Eso es lo que pasó cuando mi compañero Will y yo tomamos un vuelo de última hora a Nápoles para una escapada de una semana por la costa de Amalfi.

Llegamos, alquilamos un vehículo y tomamos el ferry hacia Ischia, ya que Will es un gran admirador de la película "El talento de Mr. Ripley", que se grabó en la isla de Ischia. Cuando nos sentamos en un bar de playa después de unas horas observando el espectacular Castello Aragonese, finalmente trazamos un plan para la semana siguiente. Pompeya fue un destino increíble, ya que ninguno de nosotros había ido, y después, la idea era ver lo difícil que era conducir hasta el Vesubio antes de salir por la costa hacia Sorrento, Capri y dónde quisiéramos ir. Mientras brindábamos pícaramente con un limoncello por este plan, vi en las noticias de la televisión de la esquina del bar imágenes de un volcán en erupción. Como ninguno de nosotros habla bien italiano como para seguir al locutor de las noticias, nos hicimos la idea de que las imágenes de la pantalla mostraban el estado Etna dos semanas antes.

"Y si...", dijo Will cautelosamente, "en lugar de conducir hasta un volcán extinto..."

"¿Sííííííí?" Le respondí, haciendo hincapié en mi intención.

"¿Vemos si podemos subir a uno que acaba de estallar?"

Eso fue todo: sacamos los mapas, calculamos las distancias y hablamos de los límites de velocidad. Decidimos que Amalfi podría tener una costa interminable, pero una aventura en el Etna era posible y mucho más atractiva. Sicilia se convirtió en nuestro nuevo destino.

Pueblo de Funghi

"Había una sensación peculiar de setas en el hotel. Había dibujos y fotos de setas por todas las paredes del pasillo, y las cortinas del comedor tenían ilustraciones de setas".

Después de una maravillosa noche en Ischia, con pasta de mariscos y vino tinto de la región, regresamos a tierra firme por la mañana y nos dirigimos a Pompeya. A pesar de nuestro nuevo plan, no pudimos dejar de ir a un lugar que ambos siempre habíamos querido visitar y no nos arrepentimos de ello. Se necesitan realmente al menos dos días en Pompeya para ver lo básico, pero durante ese largo día disfrutamos mucho. Es sin duda uno de esos lugares por los que merece la pena hacer un esfuerzo económico. Fue como haber recorrido un libro de Astérix.

En el momento en que terminamos de fingir que éramos antiguos ciudadanos de Pompeya escapando de la lava, ya iba a oscurecer. Decidimos apresurarnos a bajar la costa para intentar llegar cerca de Sicilia antes de que anocheciera. Después de un par de horas, nos salimos de la autopista en Altomonte y encontramos un hotel en una colina cerca de un castillo. Era tarde, nos registramos y dejamos las maletas en las habitaciones, nos cambiamos y nos dirigimos al restaurante del hotel.

Mientras nos sentábamos mencioné que se percibía una sensación peculiar de setas en el hotel. Había dibujos y fotos de setas por todas las paredes del pasillo, y las cortinas del comedor tenían ilustraciones de setas. Tal vez estamos en el país de las setas o de las trufas, me aventuré a pensar mientras nos ofrecían un vaso de Chianti y esperábamos el menú.

Quedó totalmente claro que no estaba equivocado cuando, en lugar de un menú, el camarero trajo un carrito y comenzó a llenar nuestra mesa con pequeños platos, unos tras otros, llenos con lo que sospechosamente parecían setas, todas preparadas de distintas formas. "Parece que ya hay un menú del día", sugerí. "¿Son todas setas?" le preguntó Will al camarero, que usó la mano para indicar que aún no había terminado. Will me miró. "No me gustan las setas", dijo haciendo una mueca. "A mí tampoco", le respondí frunciendo el ceño. Más tarde descubrimos que el hotel era famoso en el mundo gastronómico porque allí trabajaba uno de los mejores chefs de setas y habíamos llegado durante el festival anual dedicado a estos hongos comestibles. Si comes allí, comes setas. Y al parecer fuimos muy afortunados en conseguir una mesa. Realmente no nos sentimos afortunados.

Cuando el camarero puso el último plato sobre la mesa, logré preguntarle "Scusa, che cosa e questo?", lo que dio como resultado que él señalara cada plato y respondiera: "Fungo e fungo e fungo e fungo e fungo e fungo..." y luego, justo al final de una lista interminable de fungo "...e patata", se produjo una situación algo impropia, ya que ambos nos abalanzamos para conseguir la única porción de patata asada. Nos forzarnos por lo menos a comer el helado de hongos que tuvimos de postre. Casi.


Tensión creciente

Aún no estoy seguro si esto es verdad o si es el tipo de cosas que dicen para tomarles el pelo a los ingleses que planean llegar hasta un volcán en activo.

A la mañana siguiente (después de un desayuno ya sin setas, afortunadamente), nos dirigimos a Reggio Calabria y tomamos el ferry a Messina. A medida que vas más al sur de Italia, más rústico se vuelve. El paisaje es más agrícola, los edificios más derruidos, la comida más sencilla (así como deliciosa) y los detalles italianos más impenetrables. Una vez que llegas a Sicilia sientes que estás viviendo la experiencia del lugar más italiano que existe.

Después de un almuerzo de Pidoni (pequeñas empanadillas de queso) en una plaza cerca de la fuente de Orión, tomamos el breve trayecto a Taormina, a los pies del Etna y encontramos el increíble hotel San Domenico Hotel. El recepcionista de Altomonte nos había recomendado este lugar y resultó ser un impresionante monasterio de siglo XV reinventado como un hotel de 5 estrellas. Como pensábamos que no podríamos pagarlo, preguntamos en la recepción y nos dijeron que, como una comitiva de americanos se había tenido que ir temprano esa mañana inesperadamente, nos dejaban las habitaciones a mitad de precio. Se trataba de un lugar increíblemente lujoso que utilizar como base para nuestra exploración volcánica.

Mientras vagábamos alrededor de los claustros del jardín botánico del hotel, preguntamos a varias personas si era seguro subir al Etna. Nos dijeron que si de la cima salía humo blanco estábamos seguros, pero que debíamos volver si se volvía gris. I’m still not sure if this is true or if it’s the sort of thing they say to wind up stupid English blokes planning to drive up an active volcano. Lo que desde luego era realidad era que ese estallido enorme que escuchábamos cada minuto, más o menos, fue el mismo que aparentemente espantó a la comitiva de americanos. Se trataba del sonido del Etna que se iba enfriando después de la erupción reciente y, en lugar de desestabilizarnos, el ruido aterrador aumentó nuestras ganas de subir.

Cuesta arriba

"No hacer caso a los vulcanólogos cuando estos advierten que nos encontramos en peligro no es una opción inteligente".

Al amanecer (si el amanecer fuera a las 10 a.m.), emprendimos la ruta hacia el Etna. Es mucho más grande de lo que uno piensa. Y se encuentra mucho más lejos. Tardamos una hora para poder decir que ya estábamos sobre él, y luego seguimos el sinuoso camino que rodea la montaña para ascender a ella. De vez en cuando comprobábamos si seguía habiendo humo blanco en la cima. Sí, aún era blanco.

El paisaje se fue alterando drásticamente a medida que nos acercábamos a la cima. El lado oeste de la montaña estaba relativamente soleado, verde y exuberante (tan exuberante como puede ser la parte de un volcán), pero el lado este, donde acusaba el viento que transportaba principalmente el humo y donde la mayor parte de la actividad de había iniciado, era impresionante. Imagine un tipo de entorno solo visto en una película de ciencia ficción: rocas áridas y grises, ceniza suelta por todos lados debido al viento y un remolino gris de humo que tapa el sol. Durante la mayor parte del tiempo no podíamos ver el camino y tuvimos que esperar hasta que el viento cambiara de dirección para poder ir hacia adelante. Nos salimos una vez para disfrutar de la atmósfera y hacer fotos, pero el aire era tan asfixiante que resultaba imposible estar ahí fuera durante más de un minuto o así.

En un punto, en el lado sin humo del volcán, nos cruzamos con una fila de seis camionetas Land Rover blancas, todas hacia el sentido contrario al nuestro. Desde las ventanas de cada una de las camionetas las personas nos hacían señales diciendo que regresáramos. Pensamos que habían estado trabajando en una parte más alta y consideramos de inmediato sus consejos y cambiamos la dirección. Después de todo, no hacer caso a los vulcanólogos cuando estos advierten que nos encontramos en peligro no es una decisión muy sabia. Pensamos que probablemente armando un revuelo y que tal vez podríamos insistir en subir un poco más. ¿Qué es lo que saben?

Lo que sabían fue muy evidente aproximadamente 0,8 kilómetros más arriba del camino. Allí, justo al lado de la carretera, nos encontramos con un pedazo blanco de roca caliente de aproximadamente el tamaño de una panera. No era del todo blanco, algunas partes eran rojas. Pensamos razonablemente que acababa de caer ahí al suelo y que tenía más la apariencia de haber sido lanzado desde la cima del volcán a la velocidad de una bala. Confirmamos esta teoría cuando vimos la columna de humo que emanaba desde la cima del Etna, que era ahora claramente gris. Aunque ya habíamos recorrido casi la mitad del volcán, dimos la vuelta y a los 10 minutos ya estábamos cruzándonos de nuevo con la fila de Land Rover a gran velocidad, esta vez en su misma dirección.

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